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domingo, 14 de agosto de 2016

Bajo la luz de la luna 19.


Tras una romántica velada, Alan y Elisabeth pasaron la noche en la cama y se durmieron al amanecer uno en brazos del otro. Elisabeth no se despertó hasta al mediodía, cuando abrió los ojos y se encontró con un Alan sonriente que le contagió de felicidad.
-  Buenos días, pequeña kamikace. - La saludó Alan besándola en los labios con dulzura. - Es hora de levantarse, tus padres quieren que vayamos a comer con ellos. Además, no pretenderás que tus padres se encarguen de tus invitados, ¿no?
-  No quiero salir de aquí. - Protestó Elisabeth escondiéndose bajo las sábanas como si de una niña pequeña se tratara.
-  Sé buena y no me provoques o nos buscaremos un problema, no podemos llegar tarde.
-  ¿Por qué tenemos que ir a comer con mis padres? ¿No podemos ir mañana? Estoy segura de que a Jason no le importará que nos quedemos una noche más aquí.
-  Me encantaría quedarme aquí contigo, créeme. - Le contestó Alan abrazándola. - Pero le prometí a tu padre que, si esto salía bien, iría a comer contigo a su casa.
-  ¿Cuándo has hablado tú con mi padre?
-  Cariño, ya te he dicho que haría cualquier cosa por ti. Además, pienso pedirte algo a cambio. - Eli le miró entornando los ojos y él añadió: - Tú también tendrás que venir a comer conmigo a casa de mis padres, ellos también quieren conocerte. De hecho, mi hermana ha tenido que ayudarme a convencer a mi madre para que se quedara en Barcelona, pues ella también quería venir a Londres por si yo no lograba convencerte de que me perdonaras.
Elisabeth no pudo más que reír, pero Alan no hablaba en broma, realmente había tenido que pedirle ayuda a Marta para que lograra convencer a su madre que no podía venir a Londres.
Elisabeth se levantó de la cama con pereza y se metió en la ducha. Alan dudó en meterse con ella, pero finalmente decidió que no era lo más sabio que podía hacer si pretendía ser puntual con los padres de Elisabeth. Mientras ella se duchaba, él se encargó de recoger la cabaña y cuando ella salió de la ducha envuelta en una diminuta toalla, le dio un casto beso en los labios, le señaló una bolsa con ropa que Olivia se había encargado de darle a Jason a hurtadillas y se metió en la ducha.
Una hora más tarde y tras haberse dado una larga ducha de agua fría, Alan conducía el coche que le había prestado Jason y se dirigía junto a Elisabeth a casa de los padres de ella. Erik Muller era un gran amigo de su jefe y además se encargaba del sistema de seguridad informático de la empresa, por lo que Alan ya había conocido personalmente al padre de Elisabeth, aunque para Alan era como la primera vez.
Llegaron a casa de los Muller a la una y media de la tarde y Erik Muller les esperaba en el porche de su casa victoriana, nervioso al pensar lo que se le habría pasado por la cabeza a su hija, la cual era conocida por sus actos impulsivos y radicales. Pobre chico, no sabe dónde se ha metido, pensó Erik divertido cuando vio aparcar el coche y salir de allí a la recién estrenada pareja que caminaban sonrientes y cogidos de la mano. Erik recibió a su hija con un fuerte y cariñoso abrazo y le guiñó un ojo a Alan con complicidad, pues aquel era el único hombre que podía devolverle la sonrisa a su hija y ese brillo especial en los ojos.


-  ¿Todo bien, Elisabeth? - Quiso saber su padre.
-  Más que bien, perfecto. - Le respondió Elisabeth con alegría.
-  Gracias por todo, señor Muller. - Le agradeció Alan mientras le estrechaba la mano a Erik.
-  Llámame Erik, al menos mientras mi hija siga luciendo esa preciosa sonrisa. - Le advirtió Erik solo por hacer el papel de padre, pues confiaba plenamente en Alan porque se había encargado de investigar a fondo sobre él y Guillermo le había aportado mucha información.
-  ¡Papá! - Protestó Elisabeth.
-  Solo bromeaba, cielo. - Se disculpó su padre.
Los tres entraron en la casa y se reunieron con la familia y amigos que se alegraron de verles tan juntos y sonrientes, eso significaba que todo había salido según lo previsto. Todos sentían curiosidad por saber qué iba a ocurrir con su relación, pero el único que se atrevió a preguntar fue Jason:
-  Entonces, ¿qué pensáis hacer? ¿Os quedaréis en Londres? ¿Regresaréis a Barcelona?
-  Aún no lo hemos decidido, pero eso no es un problema. - Contestó Alan sin preocupación alguna.
-  No hemos terminado de hablar del tema, pero yo ya lo he decidido. - Le confesó Elisabeth.
-  No te preocupes, estoy seguro de que Guillermo no pone ningún problema para darme el traslado a las oficinas de Londres, pero tendré que regresar a Barcelona para arreglar algunas cosas. - Le contestó Alan con la misma entereza, dispuesto a todo por estar junto a Elisabeth.


Elisabeth sonrió conmovida ante aquel gesto de lealtad, pese a que aquello significaba vivir a más de mil kilómetros de distancia de su familia y amigos, y le besó en los labios, sorprendiéndole con aquel gesto tan espontáneo, antes de decirle:
-  Quiero vivir en Barcelona. Tú tienes allí tu trabajo, a tu familia y a tu amigos, no puedo pedirte que lo dejes todo para venir a Londres. Echaré de menos a mi familia, pero puedo venir a verles cuando quiera y ellos pueden venir a verme a Barcelona. - Se volvió hacia a su padre y añadió: - Papá, llevas tiempo queriendo abrir una oficina en Barcelona y ahora sería un buen momento, siempre has querido que me ocupara yo de ello y yo siempre lo he ido aplazando.
-  Tómate un par de meses de descanso y ya te reincorporarás en septiembre, así tendrás tiempo de instalarte y organizarte. - Le aconsejó su padre.
Entre familia y amigos, Elisabeth y Alan comieron mientras reían y bromeaban felices porque todo había salido bien.
Aquella noche todos se quedaron a dormir en casa de los Muller. Elisabeth instaló a Alan en su habitación a pesar de que sabía que a su madre aquello no le gustaría, pues era una mujer bastante tradicional. Echó el cerrojo de la puerta de la habitación y se dejó abrazar por Alan.
-  Por fin nos quedamos a solas. - Susurró aliviada.
-  Y ahora que estamos solos los dos, ¿qué quieres hacer, pequeña kamikace?
-  Mm... Querido atropella-kamikaces, si tengo que responder a esa pregunta no vamos a ir por buen camino. ¿Qué crees que quiero hacer?


Elisabeth se acercó a él con intención de provocarlo y, al ver que Alan se resistía para ganar aquel juego sin importancia pero que a ambos les excitaba, bajó la cremallera de su vestido y dejó que se deslizara por su piel hasta caer al suelo. En ropa interior y con los zapatos de tacón de aguja puestos, Elisabeth le quitó la corbata a Alan y se la colocó sobre los ojos para que no pudiera ver nada.
-  Cariño, ¿qué vas a hacer? - Le preguntó Alan excitado.
-  No seas impaciente, tú solo relájate y deja que yo me ocupe de todo.
Elisabeth lo desnudó despacio, primero la camisa, luego los vaqueros y por último los bóxer. Cuando lo tuvo totalmente denudo, acarició los marcados músculos de su abdomen y lo guió hasta a la cama, donde le ayudó a tumbarse. Acarició sin prisa cada recoveco de su piel, mordisqueó sus pezones, lamió el lóbulo de su oreja y, al ver su prominente erección, no pudo evitar llevársela a la boca. Alan gruñó al notar su miembro dentro de la humedad de su boca y se arrancó la corbata que le hacía de venda para los ojos, no pensaba perderse el espectáculo que Elisabeth le estaba ofreciendo. Disfrutó mirando como su pene entraba y salía de la boca de Elisabeth un par de minutos más, cuando se apartó de ella bruscamente y un segundo más tarde la cogía por la cintura e intercambiaba posiciones, dejándola a ella debajo. Tras darle un dulce beso en los labios, Alan la penetró de una sola estocada como a ella le gustaba, haciéndola gemir, y la embistió una y otra vez con fuerza, con profundidad, hasta que ambos alcanzaron el clímax entre gemidos de placer. Alan se desplomó sobre Elisabeth y, sin dejar de abrazarla, rodó con ella en la cama para intercambiar sus posiciones y que fuera ella quien quedara sobre él.
-  ¡Vas a volverme loco! - Le dijo Alan divertido, estrechándola entre sus brazos.
-  ¿Eso es una queja? - Se mofó Elisabeth.
-  Desde luego que no, en todo caso es un cumplido y de los buenos. - Le respondió Alan. - Te quiero, pequeña kamikace.
-  Yo también te quiero. - Le susurró Elisabeth abrazándose a él con fuerza.


FIN

4 comentarios:

  1. Maravillosas letras encantadora entrada gracias por tan maravillosa entra ,feliz semana saludos cordiales

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    1. Gracias a ti, Isidro! Feliz semana y un abrazo enorme! ;-)

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  2. Ha sido una gran historia Rakel...Con un hermoso y romántico cierre... Es un orgullo seas parte de nuestra familia Blogger House... ¡Besitos miles hermosaaaaa....!!! (✿◠‿◠)

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    1. El placer es mío por poder compartir mis historias con todos vosotros. Mil besos de vuelta, preciosa! ;-)

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