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lunes, 18 de enero de 2016

Sobre el egoísmo

Una raquítica línea separa la generosidad del egoísmo. Tan delgada es que su percepción se hace casi imposible. Sin embargo, la distinción entre ambos términos debería ser muy sencilla. Veámosla más de cerca, por si acaso. A ver. Generoso es aquel que sobrepone los intereses de los demás a los suyos. El egoísta antepone los suyos a los del resto. Con una interpretación literal caeremos, indefectiblemente, en la equívoca conclusión de efectuar una azarosa dicotomía. El desafortunado error de crear dos grupos de individuos: los benévolos generosos y los retorcidos egoístas. Simplemente, no. ¿Acaso siempre que antepongo mis intereses estoy siendo egoísta? Con el soporte de una breve reflexión y en base a (disculpe la insistencia) una interpretación literal, la respuesta se hace más que obvia. Un ejemplo ayudará a apreciar la mentada evidencia. Digamos que el Sr. A tiene mucho interés en mi coche y me lo quiere comprar por un euro. Por fortuna, el sentido común no me abandona y me niego. Antepongo mi interés de conservar mi estimado vehículo al del Sr. A, de hacerse con él. ¿De verdad estoy siendo egoísta? Por definición, y por muy risorio que parezca, sí. No hace falta decir que comúnmente se aceptaría lo contrario.

Aclarada la significación literal, me centraré en la verdadera misiva de esta entrada. Tener el atrevimiento de adentrarme en la moral es inherente a dicho objetivo. Y es que lo que en realidad pretendo comentar es la popular asociación del egoísmo con la mezquindad, la iniquidad. Con todo lo malo que se pueda atribuir a un individuo. Puestos a poner ejemplos, daré inicio a este controvertido tema con uno. Esta vez se trata del Sr. B, un pobre vagabundo. Me lo encuentro en mi camino a casa, volviendo de una cena. ¡Vaya! Parece que me además de haber comido estupendamente me ha sobrado un euro. ¿Qué hago? Otra vez, lo mismo de antes. Puedo dárselo y ser benévolo y generoso. O bien puedo guardármelo y ser retorcido y egoísta. ¡No! Se puede enfocar de otro modo. ¡Hay que enfocarlo de otro modo!


Tanto es que yo tenga una economía limitada o sea espantosamente pudiente. Tanto es que se trate de un céntimo como de mil euros. La cuestión, la esencia, es si me siento inclinado o no a cometer la donación. Y eso es relativo a mi persona. Concierne a mi personalidad, mi estado anímico, a la historia que me ha llevado a ser quien soy. El grado de generosidad de una persona se manifiesta en sus actos, pero se sienta en su naturaleza. Bien es sabido que las apariencias engañan. No entra en la capacidad de nadie la facultad de juzgar acertadamente a alguien, en base a sus actos. En otras palabras: no es posible observar el nivel de generosidad en las actuaciones manifiestas. ¿Qué nos queda? La naturaleza. Allí residen sus cualidades como individuo. Recordando el carácter verosímil de los actos, se trata de un aspecto irreconocible, imposible de estudiar, a los ojos de quien sea. La alteridad de los demás se escapa del campo perceptivo de los sentidos.


¿Conclusión? Si le doy la limosna sin sentir la pura pretensión de hacer tal cosa estaré actuando generosamente, pero no siendo generoso. Seré lo que la sociedad quiere que sea. O más bien estaré actuando como la sociedad quiere que actúe. Estaré sucumbiendo a los efectos de la educación social. Quizás, candorosamente, me crea mejor persona. Claro, ¡habré cumplido con mi deber comunitario! Eh, no tan deprisa. No confundamos términos. No metamos “tarea” y “generosidad” en el mismo saco.

Entonces, ¿es correcto discriminar al egoísmo? Para discriminar es ineludible seleccionar algo como objetivo. Como se ha dicho, el verdadero egoísmo es irreconocible, pues habita en la invisible alteridad. En consecuencia, se hace imposible discriminar algo que no existe. Correcto, no correcto… da igual. Simplemente, no se puede. Como es de esperar, a los ojos de una educada sociedad, la respuesta sería sí. E incluso no teniendo en cuenta inaccesibilidad de la alteridad, seguiría siendo una contestación incorrecta. Recordando el ejemplo, si opto por no dar el euro, estoy siendo egoísta frente el colectivo. ¡Pero si el colectivo no sabe nada de mí! Resulta que la semana pasada doné medio millón de euros a favor de la lucha contra el hambre. O parece que acabo de sufrir una terrible tragedia y he dejado de lado mis principios e inclinaciones morales. El error de juzgar sin saber.

No es que no exista el egoísmo (o la generosidad), es que no se puede observar con absoluta certeza. Y puntualizo con “absoluta” porque sí es aceptable formarse una idea a partir de la colección de pequeños detalles. Los actos no nos definen, pero pueden sugerir quién somos en realidad. Una sugerencia lejos de ser decisiva, pero que puede dar la mentada idea. A modo de síntesis: no podemos sentenciar el nivel de egoísmo en un sujeto, pero sí sospecharlo.

Enlace a mi bloc: Umberto Alberto

3 comentarios:

  1. Muy buen tema Umberto,el egoísmo señor de casi todos los males,más sin embargo,necesitamos como siempre de la empatía antes de juzgar las buena o malas acciones,buenísima entrada,nos lleva como todas vuestras letras a la reflexión,aprovecho para desearos una excelente semana ¡Besitos,sin egoísmos...!!! ;)

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  2. Thank you for taking a current topic and treating it with a good, expository technique. May I agree with you that selfishness or generosity are not always in the eye of the beholder? Often we do not know what we are seeing. The only person for whom i can judge is me, and you made that point very well. Kisses and have a pleasant week, Umberto.

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  3. Una maravillosa entrada un tema muy interesante gracias por compartir saludos cordiales

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